Vidas de mujeres que desearon por encima de todo borrar las huellas de sus humildes orígenes y convertirse en brillantes damas de la alta sociedad.
En la ciudad de Nueva York, el 21 de Octubre de 1938, a las seis en punto de la mañana, la Srta Dorothy Hale se suicidó al tirarse por la ventana desde lo alto del Hampshire House Building. La noche anterior hizo una fiesta en la que invitó a todos sus “amigos” de la alta sociedad norteamericana. Sus últimas palabras fueron: Se acabó el vodka. Ella, aspirante a actriz pero sin talento, había logrado acceder a la alta sociedad neoyorquina a través de su matrimonio con un millonario pero al morir él en accidente de coche la dejó en serias dificultades económicas. Para asegurarse su permanencia en el círculo aristocrático en que se movía aceptó una larga lista de amantes ricos y amigos generosos. A pesar de su extraordinaria belleza no tenía talento para ser actriz y empezaba a ser vieja para encontrar un nuevo marido...
A comienzos de la década de los cuarenta Billy Woodward -heredero de una de las fortunas más importantes de Nueva York se encuentra por primera vez con la corista Ann (se llamaba en realidad Angeline Luceil Crowell), se enamora perdidamente de ella, y para desesperación de su madre, Elise, la indómita matriarca del clan Grenville, decide casarse con ella. A partir de ese momento, la flamante Sra. Grenville tendrá una única ambición: convertirse en la mujer elegante y mundana que siempre ha querido ser. Años más tarde, Billy muere en extrañas circunstancias y todas las sospechas recaen sobre Ann, a la que acusarán de asesinato. Aunque finalmente será absuelta, el misterio sobre la muerte de Billy nunca quedará resuelto.
La apariencia por encima de la esencia, un mundo, cuyas barreras de hormigón destroza a los advenedizos. Viven en lujosas mansiones, realizan cruceros de placer a Europa o asisten a la ópera para ver y ser vistos; un ambiente de ocio que les mantiene alejados de cualquier tipo de trabajo que les pueda deshonrar, con sus horas empleadas en alimentar los rumores de sociedad o en saciar su vanidad. Son vidas azarosas, sin estabilidad sentimental, en constante desasosiego e insatisfacción, muy pendientes del parecer social. En IXTAB se descorre el velo de las apariencias y se muestra el reverso de esa existencia elegante donde el interés, la envidia y la falsedad se pasean vestidos de seda por los salones. Escuchamos lo que dicen los banqueros, hijos y nietos de banqueros, y los cuchicheos de las snobs y los trepadores. Pero también escudriñamos sus pensamientos y paseamos por la fiesta sin dejar de observar los meandros de sus hipocresías. Ixtab intentará por todos los medios ser aceptada por la alta sociedad y convertirse en la mujer mundana y elegante que desearía ser. Ella cree que merece pertenecer a ese mundo y no concibe otra forma de vivir. Para ello ha tenido que falsear su identidad, inventarse un pasado próspero y digno y condenarse a vivir en la mentira.
Para mí, la imagen, al igual que la música, comienza donde se acaban las palabras. Y el lenguaje cinematográfico va mucho más lejos que lo escrito en un guión. La luz, el color, los encuadres, la música, el ritmo y los espacios, no son forma sino fondo, son la expresión visual de una experiencia emocional. En Ixtab nos encontramos ante una historia triste y cruel, que muestra la hipocresía de la alta sociedad, sus ansias de guardar las apariencias y su capacidad para hundir a aquellas personas que no se adapten a su modo de vivir. Y a la vez, es una historia de imágenes bellas, estéticas, glamourosas. El contraste entre la belleza de la forma y la amargura del fondo.
Una noche aristócrata, un baile y una sociedad como escenario. Los personajes bailan sin cesar, en un perpetuo movimiento, grácil y etéreo como el fluir de la cámara que baila alrededor de ellos. Como si del ojo del espectador se tratase, los envuelve y los rodea escuchando sus conversaciones y subrayando el velo de las apariencias. La cámara recurre a los planos generales, en picado y cenitales para enmarcar el desarrollo de las secuencias, pero también se detiene, al hilo del relato, en detalles como cristalerías, joyas, vestidos y chismorreos símbolo de un universo de máscaras. Ixtab y su acompañante, ajenos a los invitados, bailan sutilmente como dos amantes en un sueño capaz de detener el tiempo. Al llegar a lo más alto de una gran escalera de caracol Ixtab, se asoma y brinda con todos ellos colocados en un círculo elegante y decadente. Desnuda por una vez de artificio y fachada social, su imagen resulta tan frágil como la de un bebé abandonado. Después del brindis, su copa caerá al vacío..
La música ejerce un doble juego: por un lado acompaña la fiesta y el baile como si de una orquesta en directo se tratara y por otro narra la distorsión chirriante y decadente de los personajes. El sonido se centra en diálogos frívolos estridentes y exagerados :-¿Te lo puedes creer? Casi me da plantón por su esposa -Steve engaña a Maya. ¿Quién te lo ha contado? La chica de la manicura –Sra Kingswood, ¿una copa? No perdamos el tiempo en copas -Kitty conoció a Proust!¿Qué maravilla!¿Cómo era? ¡Horrible!-No soporto a los hombres con manos pequeñas, ya sabes lo que dicen ¿no? Manos pequeñas, todo pequeño. Y por la misma regla, manos grandes, pues eso, todo grande. Y cotilleos malévolos y susurrados: - Nunca le quiso a él sino a la vida que él llevaba –Nunca ha dejado de ser una mujer ordinaria – dicen que él le pidió el divorcio y entonces ella le disparó con la escopeta – cuando vino la policía ni siquiera preguntó por él, preguntó por sus joyas- el príncipe y la corista, patético.
Su mayor temor es la pobreza porque la ha vivido.-¿Qué tiene de malo querer prosperar en la vida? ¿Tú habrías querido vivir en la granja donde yo nací? Quiero ser rica, muy rica, tan rica que incluso la gente rica diga que soy rica. Para la gente de la alta sociedad Ixtab es una mujer ordinaria, una vividora, con tufos de perfume, uñas rojo sangre y sombra de ojos por la tarde. Una corista, vestida de corista con aspecto de corista. -Nunca sabes qué hacer cuando tus hijos te traen a casa esas gentes de medio pelo y te dicen que se han enamorado. Quieres gritar para avisarlos, lo más alto que puedas, todo esto no puede acabar más que en desastre. Pero Ixtab consigue su objetivo y penetra en ese mundo tan impenetrable, consigue crear una imagen perfecta de una vida perfecta. Se casa con un hombre elegante donde ella aporta el descaro. Están hechos el uno para el otro, dicen. Hasta que aparece en sus vidas la palabra ADULTERIO y la palabra más temida por IXTAB, DIVORCIO.
Mujeres esbeltas y ligeras sobre tacones de baile con pedrería y diamantes. Hombres elegantes e inmensamente ricos. Personajes mediocres, presuntuosos, bobos, de moral raquítica, con sus horas empleadas en alimentar los rumores de sociedad o en saciar su vanidad. Son vidas azarosas, sin estabilidad sentimental, en constante desasosiego e insatisfacción, muy pendientes del parecer social. Siempre guardando unas normas de corrección y de apariencia, y sin exteriorizar esos sentimientos. Ixtab es víctima de su hipocresía, prejuicios y crueldad, una clase privilegiada que no perdona los fallos de los arribistas que no son ricos como ellos. Con la excusa de un escándalo (¿fue ella quien disparó?) determinarán su repudio e inevitable perdición.
El acompañante de Ixtab simboliza la muerte que se aproxima y la seduce. Ella, juguetea con él, le canta una canción al oído (apareciste de la nada, dice la letra), saca un pintalabios y se da brillo. Él se inclina para besarla y ella le sigue, cerrando los ojos, en una demostración pública de pasión. Cuando los vuelve a abrir se encuentra con la mirada cruel de un invitado que simula disparar con una escopeta imaginaria directamente a su cabeza. Se hace un silencio sepulcral y todos dejan de bailar. El invitado simula apretar el gatillo y grita con fuerza BANG, BANG, reaccionando su cuerpo ante la fuerza imaginaria del disparo y recreando así el posible asesinato del marido de Ixtab. A continuación, baja la escopeta imaginaria sin dejar de mirarla a los ojos. Ixtab sigue subiendo las escaleras con su acompañante mientras se confiesa –He cogido una botella de vodka del mueble bar, me he sentado frente al tocador, me he maquillado y perfumado. Me he quitado los anillos de zafiros y diamantes y he observado sus reflejos en el espejo. He llamado a mi suegra y le he dicho que lo siento, siento haber interrumpido su partido de bridge. Su acompañante le susurra- ¿quieres venir conmigo?
El suicidio es una cuestión de salud pública de primera magnitud que, sin embargo, permanece oculto a los ojos del ciudadano. Los medios de comunicación ignoran una realidad que provoca más víctimas que los accidentes de tráfico, los gobiernos no aciertan a incluirlo en sus agendas y, en general, se piensa en el suicidio como un acontecimiento excepcional, casi ficticio, como algo que sucede a otros. Pero se trata de una opción esencialmente humana que, cuando se verifica, cae a plomo a nuestro alrededor. En la actualidad, un millón de personas se quita la vida cada año en una sociedad que prefiere ocultar lo que no entiende, con la connivencia de casi todos, amparada en su antigua concepción como delito o pecado, que ha estigmatizado durante siglos esta manifestación extrema del sufrimiento humano. La mejor forma de contribuir a la prevención es aprender a reconocer la mirada del suicida, esos ojos que piden auxilio, aún sin hablar, y empezar por ponerlo en palabras. Juan Carlos Pérez Jiménez, periodista, es autor del libro La mirada del suicida. El enigma y el estigma.